Sobre el libro de Cristian Rodrigo Iturralde, Ed. Vortice.

RESEÑA:

El elogio de la obra ya ha sido escrito por el prologuista en la justa medida y sin caer en exageraciones, no reniego de la apreciación allí efectuada, pero pretendo por el presente hacer una crítica, no sin antes confesar que mucho he dudado antes de acometer, si lo prudente no fuera lo del prologuista. Hacer el elogio de lo bueno y omitir la crítica, a fin de no cargar, y promover los raros y escasos esfuerzos que por la verdad histórica se hacen en el presente, resultando útil y oportuno como se señala. Conducta que inequívocamente hubiera seguido de no ser por el primer capítulo en que el autor hace la justificación de la obra, dejando enclenque el resto, que no merecía esa torpe introducción y mucho menos realizada al efecto de darle razón de ser a la misma.

La obra, sin esa “razón de ser” y sin ese primer capítulo, podría haber formado parte de esa valiente liza que han llevado los apologistas de la Iglesia y haber hecho frente a la inmunda caterva de perros que la atacan y con los cuales mantenemos un “combate”, sin más ni más, utilizando la ciencia para resaltar  la Verdad que nace del Magisterio, único faro de certeza, ante el cual las ciencias deben inclinarse como ante el mismo Dios; pero… por desgraciados avatares, termina proponiéndose como un aporte de las ciencias, no apologético sino ¡objetivo! (concreta expresión del autor) a un “diálogo” intercultural, pluralista y que responde a un pedido del defeccionante magisterio conciliar que ya no define sino que pregunta, y cuanto más “tercia” en el juego de opiniones, a través de alguna merdosa comisión multicultural ordenada o inspirada por el nunca bien denostado Concilio Vaticano II. No es que el prologuista no dijera, de mejor y docente manera lo que aquí resalto, ya que al proponerle al autor que siga en el camino de la apología, corrige su errónea intención de no serlo. Cuando hablamos de la Santa Iglesia, sólo corresponde la apología o el demoníaco ataque, mal que le pese al Ratzinger científico, porque ella hereda la calidad de su Esposo, al que no podemos acercarnos sin jugar en ello la propia salvación en un solo gesto. Ninguna ciencia humana podrá explicarnos el fenómeno más que superficialmente.

Se inscribe el autor en la corriente de los católicos que pretenden salvar la ropa del Concilio y los Papas conciliares, interpretando sus evidentes comportamientos y pensamientos liberales a una retorcida luz de la Tradición, coincidiendo mal que les pese en un mitigado modernismo. Todo un capítulo para pretender que el Mea Culpa de Juan Pablo II no consistió cuando menos en una grave imprudencia, y más exactamente en una traición al pensamiento y doctrina tradicional de la Iglesia, lo lleva a capitular de sus propios principios y coincidir con posturas liberales claramente condenadas por el Magisterio, acordando en dicho capítulo con una visión historicista de la Santa Inquisición.

Trae el autor en apoyo de su tesis de que el Mea Culpa se ordena dentro de la Doctrina Tradicional y para su defensa, la cita de Juan Pablo II en la que pide perdón “por las divisiones entre cristianos, por el uso de la violencia por algunos cristianos en el servicio de la verdad y por el comportamiento de desconfianza y hostilidad usado a veces hacia los seguidores de otras religiones”, reconociendo y pidiendo perdón porque “en ciertas épocas de la historia los cristianos permitieron algunas veces métodos de intolerancia”. En suma, perece ser que ya no tenemos enemigos (esto era un infantilismo de los fondos de la historia) sino que enfrentamos en nuestra moderna madurez diálogos aportadores; y que como siempre y en tono liberal, sólo son enemigos los enemigos del diálogo y hay que evitar cargar con ese mote. No aparece ni soslayadamente que la Iglesia soporta el embate destructivo de una contraiglesia inspirada y guiada por el demonio, con la que tiene declarada una guerra sin cuartel  que ocurre en la historia y que la Iglesia enfrenta con la fuerza del Magisterio que define el bien y el mal, única y poderosa arma entregada por Cristo a sus Sacerdotes y Obispos (no a los científicos y especialistas) y que en el caso se deja de usar para ver cómo se logra esta pequeña verdad desde el juego de la opinión de los peritos. El resto del capítulo cruje de manera impresionante para evitar el historicismo patente en la Comisión Teológica Internacional y en los mismos Papas, tratando de disfrazarlo de “historicidad”. Veamos, una cosa es hacer historia poniéndose en el lugar y momento histórico concreto, para juzgar los hechos según la vista de sus protagonistas, y muy otra es hacer teología con esta perspectiva relativizante. “La historia de la Inquisición no es la historia de la Iglesia”, nos dirá el autor con citas de los Papas Conciliares, justamente hablando de un Tribunal que partía de someter a Juicio por aquellas cuestiones que hacían a la VERDAD definida en el dogma. La herejía. Es decir aquel aspecto que tocaba en su centro la definición del bien y del mal y que por lo tanto implicaba el ejercicio del más alto carisma de la Iglesia. Su arma central contra el enemigo declarado e irreconciliable. Aún más, la Institución que reclamaba e imponía la jurisdicción natural de la Iglesia por sobre los Estados en sus propios territorios y sobre sus ciudadanos y que hecha por tierra la degradada doctrina moderna de la separación del Estado y la Iglesia.

La Iglesia habla desde la eternidad y por boca de Dios cuando define la Verdad y es con la certeza irrefutable de poseer el criterio del Bien que juzga a partir de sus tribunales de inquisición la herejía, la blasfemia y las devociones demoníacas. Se juega por completo en ellos la doctrina infalible del Magisterio. Su potestad y su autoridad derivan de que posee la Verdad y tenemos que ser muy tontos para no saber que cuando se ataca a la Inquisición como institución, se la ataca por esta “arrogancia” católica de poseer en exclusividad y de manera infalible el discernimiento del bien.

Para ir salvando el problema conciliar, nos vamos comiendo los principios liberales uno a uno. Ahora resulta que la Comisión dice que no somos culpables los contemporáneos por las culpas cometidas en el pasado por miembros de sus comunidades religiosas. Todo muy lindo. Salvo que las ratifiquemos expresamente. ¿Pero a dónde van?... a esta conclusión que el autor cita sin que se le mueva un pelo, porque le viene bien para disculpar a la Iglesia: “Lo que en su pasión (de Cristo) se perpetró no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judios de hoy”. Pero resulta que ser judío es precisamente ratificar lo hecho por la Sinagoga como ser Católicos es ratificar lo hecho por la Iglesia, y por lo tanto la culpa se adquiere por total adhesión moral a lo previamente actuado por otros y venimos a disculparnos por un viejo medio choto que hizo un mal juicio una vez hace mil años, y ante el cual todos los católicos sabemos que fue un viejo choto y ni ratificamos ni un corno, quedando en iguales condiciones que los que obraron un deicidio y sus seguidores lo aprueban y lo ratifican. Pero agregan los genios de la comisión pluralista que tan buenos frutos festeja el autor:

“Comunidades no pequeñas se separaron de la plena comunión de la Iglesia Católica, a veces sin culpa de los hombres por una y otra parte. Sin embargo, quienes ahora nacen en esas comunidades y se nutren con la Fe de Cristo, no pueden ser acusados de pecado de separación, y la Iglesia Católica los abraza con fraterno respeto y amor”.

A la merda con todo. La Herejía no existe, Cristo nutre  fuera de ella y sin necesidad de los Sacramentos y la Gracia, como regla general. Fueron cuestiones históricas. En aquellos tiempos los hombres eran medio palurdos y creían que la verdad podía definirse y someter a juicio al error y hasta poner las pelotas de los imputados en una pinza para que abandonen el mal, no nos echen culpa por un asunto del pasado, pónganse en buena perspectiva histórica, hoy no haríamos semejante cosa porque no tenemos ni la mínima intención de arrogarnos la verdad en exclusiva y ni por las patas pondríamos a alguien a juicio. Eso sí, sin juicio ni trámite alguno, estamos dispuestos a excomulgar al que no acepte el diálogo enriquecedor y pluralista.

Como el argumento hace agua por todos lados, entonces volvemos al viejo argumento de la línea media. De todas maneras y si a Ud no le gustan las conclusiones de estos Papas y de la Comisión, no se preocupe, no son Magisterio. Pueden haber dicho varias burradas, son opiniones. Porque, nos explica, el Papa es como un profesor de los mierdas que conocemos en la secundaria, sólo se les da pelota cuando se sientan en la Cátedra y hablan con fundamentos de una Ciencia. (Con mala Teología el autor habla de expresión ex cátedra en materia de religión exclusivamente).

Después puede ser un palangana, él y toda la Comisión. No es un Maestro, como los de antes, que enseñaban con su vida y en ella comprometían su saber. Sólo ex cátedra y con un dedo alzado.

Bueh… no quiero aburrirlos con las disquisiciones de mi hermano el Padre Alvaro sobre el asunto, pero no es tan simple. Más allá de que se olvidan del Magisterio Ordinario, se olvidan de qué debe ser un Maestro. Mi viejo enseñaba hasta cuando estaba un poco picado, y en esos casos aún mejor.

El asunto es que el libro, con este previo modernista en que el historicismo está camuflado de historicidad, hace una defensa de lo que hizo la Iglesia hace unos años, porque esa era la forma de ser hace unos años, pero no nos concluye que ASÍ DEBERÍA SER LA IGLESIA HOY, y si pudiera, que,  ¡hay!... ya no puede; debería colgar de las pelotas a Hans Kung hasta que se desdiga de sus herejías, pegarle una buena estirada en el potro a Saramago para que purgue sus blasfemias, y llenar los hipopotámicos culos de las feministas de patadas dadas por recios clérigos embotinados hasta que abandonen su devoción demoníaca con sus cultos infanticidas; y no llamar a una Comisión de cabrones de distintas ideologías y religiones para ver que fue la Inquisición, sino definir con toda certeza que la Iglesia tuvo y tendrá el poder de juzgar la historia y los hombres y decirle a todos esos peritos, estudiosos y especialistas que estudien los que se les pegue la regalada gana, pero que la que dice la Verdad es Ella  y que sólo con sagrado respeto a esa Verdad  declarada pueden ellos ponerse a deambular por la ciencia. Que no se trata de que los intelectuales aviven a los hombres de Iglesia, que para eso está el Espíritu Santo, y que los giles que hay que avivar, son precisamente ellos. El capítulo criticado da la impresión de que el autor, movido por las exhortaciones pluralistas del benemérito Juan Pablo II, da su aporte dentro del concierto plural de opiniones, y esto le quita a su obra el carácter de amor filial,  de subordinación a la verdad y de encuadramiento dentro de las legiones que resisten y atacan al enemigo (estilo del que el prologuista ha dado numerosas muestras), para ser un aporte más a la formación de la opinión pública que en definitiva será el verdadero maestro de la historia.

En suma, si si si, pero no no no. El libro sirve, pero poco. Se pierde lo mejor que es la valoración teológica del fenómeno y su necesidad universal para la vigencia de un Orden Cristiano. Se pierde la valoración política de una actividad de la Iglesia que resulta primordial e imprescindible para la definición del bien común. Se pierde una Iglesia que es la luz que ilumina la  política desde su Magisterio que es el único que define ese Bien Común y que en el curso de la historia va realizando con el compromiso de su infalibilidad, la revelación de la Ley Divina y la ley natural para guiar sin error el acontecer político. Utiliza en la defensa un recurso de historicidad que vale para lo anecdótico, pero poniendo en clave historicista todo lo que hay de sobrenatural y eterno en el Instituto y por último, comete el mismo error con el enemigo, equiparando aquellos vicios carnales de los hombres de Iglesia que responden a sus condiciones históricas, con los enormes pecados del espíritu cometidos por el enemigo y que conforman una contraiglesia que mantiene hasta hoy su embate criminal, inspirados por una fuerza demoníaca.

Es  inevitable enfrentar la historia de la Iglesia de mano de la Teología (¡sin vergüenza hombre¡), como es imprescindible enfrentar toda historia contando con este elemento sobrenatural. No corresponde al crítico corregir, pero no habría que haberse olvidado en el título agregar la palabra Santa, “La Santa Inquisición”, lo que habría dado una clave mejor para su entendimiento y no hubiera permitido que tan livianamente se la excluya de la actividad en la que la Iglesia compromete todo su carisma. Si, la historia de la Inquisición, es la historia de la Iglesia.

Resulta paradójico, pero si existiera un Tribunal de Inquisición de los de antes, los Papas, la Comisión y el autor por su primer capítulo, andarían dando explicaciones al modo de Galileo y por las mismas razones.

Dardo Juan Calderón